El “Hombre de hierro” debe ser uno de los libros mas interesantes que ha caído en mis manos últimamente. Su titulo solo representa la gran ironía con la que el autor trata de presentar a nuestro protagonista, un hombre que representa a la debilidad en persona, y que será el objeto de burla y desprecio de su familia, compañeros de trabajo y la mujer que decidió acompañarlo en su paso por la vida. Una buena obra de un buen autor, Rufino Blanco-Fombona
“La servidumbre, hacia el fondo, no aparece por los corredores principales. Las luces del crepúsculo mueren, y aun no comienzan a encender las lámparas. El jardín, en sombra, parece un campo fúnebre de cipreses y asfódelos. Los boquetes obscuros de puertas y ventanas. Oquedades siniestras.
¡Que soledad, que murria, dentro de aquel caserón desierto¡
Crispín se endereza a sus habitaciones, toma la flauta y ensaya a tocar; pero aquel tañido agudo, en la obscuridad, le destempla los nervios; la flauta suena como una ironía. La melancolía penetra en su espíritu. Pone a un lado el instrumento, arrodillase en el reclinatorio de ébano cuyo cojín ahueca el raso, huella de las rodillas ausentes. Empieza a rezar delante un Cristo flácido, que abre sus descarnados brazos con impotencia; pero vencido Crispín, quien sabe por que ignotos dolores, y enterneciéndose por la plegaria o por el recuerdo, deshincase y va a echarse encima de un diván, las manos en el rostro, sollozando, bañado en lagrimas.
¡Que soledad, que murria, dentro de aquella alma desierta¡
Sin un amigo, sin un afecto, amando a los que no le aman, ajeno a cuanto no sea el trabajar mecánico, la vida monótona, la existencia a compas. Sin una sorpresa en los recodos del camino sino la carretera ancha, igual, sorda, muda, recorrida hoy, recorrida ayer, y que mañana recorrerá lo mismo. ¡Que aridez de ruta¡ ¡Que travesía mas guijeña¡. Sin un recental que bale detrás de la vaca, al regresar a la alquería, sin un árbol copudo con sus pájaros entre la fonda ; sin una canción que salga de los ranchos, a la luz de la luna; sin divisar desde el horizonte el humo domestico curvándose en espirales, en tirabuzones de sombra, prueba de que la amada y el puchero esperan nuestro arribo; sin fuentes cristalinas y parleras adonde vayan por agua las muchachas del lugar, la tinaja o el cántaro a la cintura, la canción y los besos en los labios, y el rojo clavel, como el descuido, entre los cabellos negros.
¡Que soledad, que murria, dentro de aquella alma desierta¡”