Correr, brincar y sonreír, tres verbos que son muy usados cuando se es pequeño, fastidioso e inocente. Verbos que si se unen a un ambiente de naturaleza plena, pintan el escenario perfecto para el crecimiento humano. Nada como correr en la montaña de Cubiro, estado Lara, rodeado de arboles, con animales silvestres al fondo y un clima en donde el calor y el frio logran un punto medio increíble, en donde el chocolate bien caliente hace maravillas y endulza el paladar.
Brincar cada vez que llegabas al puesto del coreano, aquel señor simpático que tenia invadido su pequeño local de mermeladas de durazno, fresa y mora, galletas de limón y coco y la infaltable mazorca de maíz con sal y mantequilla, el manjar que tenias que comer antes de llegar a Quibor.
Y sonreír, sonreír con un anuncio, que a pesar de la muestra del tiempo pasado, se conservaba de gran manera, en donde se lee “Nirgua, la tierra de La Naranja Dulce y de las mujeres más bellas del país”. Si, la naranja mas dulce y jugosa estaba ahí, y a pesar del tiempo que ha transcurrido, sigo insistiendo, nada como las naranjas de esa tierra. Lo de las mujeres, también es cierto, son bellísimas, muy parecidas a sus vecinas naranjas.
Ya no soy pequeño, ahora soy grande (Y gordo, y con barba y con tres incipiente canas que aparecen al lado izquierdo de mi cabeza), ya no vivo ahí, ahora estoy en un lugar en donde nada es dulce, donde todo tiende a ser oscuro, y donde la vida (y el aprendizaje) transcurre a los golpes. Pero no pierdo la esperanza de regresar, de correr, brincar y sonreír cuando vuelva a ver a la Naranja más dulce del mundo.
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